Canonización Juan Pablo II y Juan XXIII

Papa Juan Pablo IIPapa Juan XXIII

Desde el momento que murieron se supo que algún día serían Santos. El público lo pedía y ellos lo necesitaban: el papá bueno y el papa viajero, Juan XXIII y Juan Pablo II, dos estrellas católicas del siglo pasado, amados y vistos con recelo por diferentes sectores de la Iglesia Católica , fueron canonizados por el papa Francisco el pasado 24 de abril en una ceremonia exageradamente cubierta por lo medios.

A diferencia de Juan Pablo II quien ostenta el registro de más canonizaciones y  beatificaciones, los dos últimos papas han sido más mesurados a la hora de declarar nuevos santos. No obstante esta vieja costumbre sigue viva.

La iglesia primitiva no tenía establecido un proceso de canonización formal, en cambio los santos eran proclamados de manera popular, la gente elevaba espontáneamente a cualquier muerto a calidad de santo basado en sus acciones en vida. La Iglesia que ya entonces sabía de trampas, advirtiendo que la gracia se usaba indiscriminadamente decretó que sólo se autorizara luego de una investigación profunda de la vida de los aspirantes. Más tarde se decidió que sólo en el papa residía el poder de canonización. Pero no fue hasta la creación de la Congregación para las Causas de los Santos en 1969 que se determinó formalmente en el derecho canónico el proceso que hoy en día recorre el candidato hasta llegar a ser proclamado Santo.

Más allá de todas las justificaciones teológicas y discusiones bizantinas sobre si las oraciones a los santos son un dogma válido o no, la creencia católica oficial es esta: los fieles al morir y dependiendo de su piedad pueden pasar un tiempo corto o largo en el purgatorio mientras se vuelven aptos para llegar al cielo. Una vez allí, estos tienen línea directa con el creador y, sin saber cómo, pueden escuchar las oraciones de los vivos. Por tanto si en la tierra alguien se cura milagrosamente mientras se encomendaba a un muerto, esta se considera prueba inequívoca de que la persona ya está en el cielo y tiene a dios de frente.

Sin embargo hoy en días las cosas han cambiado mucho, los milagros resultan más sofisticados pero menos extraordinarios, recuerda un poco el contraste entre las intervenciones estrafalarias del dios del antiguo testamento comparado con la timidez que demuestra el mismo dios en estos tiempos. Causa un poco de cínica nostalgia saber que anteriormente los santos obraban, vivos y con peculiar facilidad, extraordinarios actos como el de San Vicente Ferrer, fraile valenciano quien en 1414 resucitó a un niño de seis meses, al cual su madre al no tener más nada que ofrecerle al santo, lo había descuartizado y asado para brindarlo en un banquete.

Pero se acabó la imaginación. Ahora sólo tenemos un montón de testimonios aburridos sobre remisiones de cánceres, exámenes médicos e investigaciones clínicas en búsqueda de una explicación lógica al asunto. El tipo de cosas que pasan cuando se deja de tragar entero y se es escéptico de estos asuntos.

Hoy en día un aspirante puede llegar por dos vías: la de las virtudes heroicas o la del martirio.

El caso del martirio es sencillo: sólo con morir por la causa debe darte paso directo al cielo. El de las virtudes por otra parte consiste en un elaborado proceso con 4 escalones: siervo de dios, venerable, beato y Santo.

Al principio un postulador de la causa apoyado por un obispo pide iniciar el proceso de canonización y presenta a la Santa Sede un informe sobre la vida, obras y las virtudes de la persona. En la Santa Sede la Congregación para las Causas de los Santos es quien recibe el informe y lo examina para dictaminar o no un decreto donde se explica que nada impide iniciar la causa. A este decreto se le conoce como "Nihil obstat" (no hay obstáculo). Esta es la respuesta oficial de la Santa Sede a las autoridades diocesanas que han pedido iniciar el proceso canónico. Obtenido el "Nihil obstat", el Obispo dicta otro decreto para la introducción de la causa del ahora Siervo de Dios.

El siguiente escalón implica a su vez 5 pasos que requieren el análisis de la obra y publicaciones del candidato con el cual se elabora un documento conocido como Positivo que se analizará a su vez por teólogos consultores. En última instancia Obispos de la Congregación aprueban el Positivo y el papa dicta el Decreto de Heroicidad de Virtudes y ahora el siervo pasa a ser considerado venerable.

Acá las cosas se ponen interesantes pues para elevar al candidato a beato se necesitan varios requisitos entre los que se incluyen la "fama(!) de santidad" y particularmente un milagro atribuido a la intervención del venerable. Este milagro es examinado por médicos peritos para determinar si existe alguna explicación científica para la sanación. El hecho extraordinario se entrega a 8 teólogos que estudian el nexo entre el milagro y la intercesión atribuida al venerable. Si lo amerita se presenta a los cardenales todos estos conceptos y la Congregación para las Causas de los Santos da su veredicto sobre el asusto. Si es positivo se escribe un decreto para ser sometido a aprobación del papa. Al final se determina una fecha para la ceremonia litúrgica donde se beatifica al candidato.

Por último es necesario un segundo milagro posterior a la ceremonia de beatificación. Este milagro seguirá el mismo conducto del escalón anterior y en caso de aprobarse llevará a celebrar la ceremonia de canonización que atribuye al beato el culto por parte de toda la iglesia.

Como puede verse el proceso es una maraña burocrática que demuestra cuando menos cierto elitismo.  Para casi todas las causas el proceso implica un tiempo considerable hasta cumplir todos los requisitos: la mayoría de postulados sólo alcanza el título de venerables y es común que la beatificación se logre décadas después de muerto. Sin embargo y aunque en teoría cualquiera puede ser santo, en la práctica implica haber granjeado en vida una gran cantidad de influencias dentro de la iglesia. Por esto no es tan difícil encontrar casos como el de Teresa de Calcuta, beatificada sólo 6 años después de su muerte.

De hecho todo este elaborado proceso no es una camisa de fuerza para el papa. Históricamente cuando la popularidad del personaje es considerable al momento de su muerte, el papa de turno prefiere acelerar el proceso haciendo uso de su derecho absoluto sobre la canonización. Tal es el caso de ambos: Juan Pablo II y Juan XXIII pero de formas diferentes.

Al morir Angelo Roncalli –Juan XXIII– muchas personas desearon que se declarara santo por aclamación; Pio VI no atendió esta solicitud pero anunció el inicio de su Causa y poco tiempo después una monja anunció que se curó milagrosamente de una peritonitis aguda luego de pedir ayuda a Juan XXIII,  lo que permitió su beatificación. Este papa es conocido dentro de la iglesia por tener corte ecuménico y fuera de ella por convocar el Concilio Vaticano II. La Iglesia le debe a Angelo Roncalli el nuevo aire que tuvo a mitad del siglo XX. Murió en 1965 por un cáncer de estómago a falta de un santo eficaz.

No obstante su rápida beatificación tuvieron que pasar 48 años más para ser declarado santo. Casi parece que el viento conservador impuesto a la iglesia por Carol Wojtyla no permitió la aparición de más milagros. Para su canonización Francisco lo exoneró de este requerimiento y consideró a Juan XXIII apto. Muchos han visto este gesto como un simple acto político de nivelación de cargas: al canonizar a un papa conservador decidió también complacer a los más “liberales”.

 

Carol Wojtyla por su parte gozó de mucha popularidad como papa, fue una estrella pop. Gran enemigo del aborto y del divorcio contra el que llegó a pedir a los jueces italianos que no los ejecutaran incluso en casos de matrimonios no católicos, se alió en estos asuntos a personajes funestos como Marcial Maciel y Teresa de Calcuta, así como a dictadores latinoamericanos. Conocido como el “papa viajero” fue también una fábrica de santos llegando a canonizar y beatificar a más de mil personas.

 Su proceso de canonización tomó apenas 9 años. Siempre fue un hecho esperado e incluso alentado públicamente por Benedicto XVI. A pesar de que sólo dos milagros son oficiales, el de la monja que tenía Parkinson por la que se beatificó y la de la costarricense quien padecía un derrame cerebral por la que se canonizó, desde el mismo año de su muerte existen muchos casos más de creyentes que aseguran haber sido curados por su intercesión.

Desde un punto de vista escéptico y sobretodo ateo, todo el asunto de los santos huele mal.

Se trata de hechos extraordinarios; pero es notable que, con tal de dotar al proceso de legitimidad, sólo los milagros médicos son tenidos en cuenta. De lo que no se percatan es de que todos los milagro se “comprueban” a falta de una prueba científica porque no existe tal cosa como una prueba científica de un milagro.

Pero considérelo por un momento: justo en estos instantes, en los hospitales, clínicas o casas católicas, hay miles, cientos de miles, quizás millones de personas enfermos que oran a un conocido que murió o a un recomendado importante o simplemente a una figura pública fallecida esperando la suerte de que realmente esté en el cielo y pueda atender la súplica: millones en una ruleta macabra. Es legítimo preguntarse ¿por qué no le oran al que ya es santo?

De hecho este proceder irresponsable es promovido impunemente entre los creyentes. Se sabe por ejemplo que la monja del primer milagro de Juan Pablo II pidió permiso a su superiora para atender su problema de Parkinson. Esta le negó “amablemente” la solicitud y le propuso en cambio orar a Juan Pablo II por su recuperación ¿cuántas muertes se habrán provocado de esta manera?

En el peor de los casos, esto es, cuando la persona realmente cree que un muerto puede conseguirle un milagro, tiene que haber cierto placer en el reconocimiento de que tu curación fue la que clasificó al candidato en beato, o al beato en santo, como para arriesgar tu salud por ello.

Uno se pregunta si el amor propio no hace querer cambiar de candidato en cada visita al hospital. No creo necesario siquiera entrar muy profundamente en la cuestión de si el probable santo puede tener suficientes dotes de orador o buen argumentador para convencer a dios de suspender un instante sus oficios para curar a alguien que pide en su nombre; pero al menos como creyente supongo que me preocuparía un poco el asunto, sobre todo al principio cuando aún no llega ni a beato.

Y claro, está la cuestión de cómo se está seguro de que fue un santo y no otro el que intervino. Aun suponiendo que se tuviera certeza de que se trata de una intervención divina ¿cómo sabe el beneficiario realmente cuál fue el santo que lo ayudó?¿siempre tiene que haber alguien intercediendo? Podría ser que si se ora a una persona que no está en el cielo algún otro oye la súplica, no hacerlo sería egoista ¿no le sale nunca a dios una curación directamente de los cojones?

Pero ser declarado santo va más allá de instaurar un día en el calendario litúrgico. Las canonizaciones dan publicidad gratuita a la Santa Sede y permiten que sus mensajes alcancen a más personas. Los mismos santos son escogidos y su perfil moldeado para ser íconos de los “valores” católicos. Bergoglio llamó a Juan Pablo II el “papa de la familia” y a Juan XXIII “el papa de la docilidad de espíritu”.

También sirve a los fieles como espectáculo que haga sentir más próxima a la iglesia. Jesús es una figura omnipresente pero vaporosa y lejana, humano y dios al mismo tiempo resulta un intento de acercamiento con el que muchos cristianos no alcanzan a identificarse. Por tanto el uso de personajes contemporáneos sirve para reavivar la fe.

Como parte de los rasgos peculiares de la Iglesia y uno de los que más personas atrae, lo único que se puede asegurar con certeza es que, inmune a todos estos interrogantes y choques de facciones, la fábrica de santos seguirá su curso inoficioso, alimentando las fantasías católicas y llenando el mundo de niños con nombre de papas.