Share This Post

Blog / Opinions

No deberás: Cómo la religión distorsiona la libertad / Thou shalt not: How religion distorts freedom

No deberás: Cómo la religión distorsiona la libertad / Thou shalt not: How religion distorts freedom

En 1974, cuando nací, poco más del 2% de los mexicanos declaraba no ser católico o no
tener religión. En Aguascalientes, la ciudad en que nací, menos del 1% de la población lo
hacía1 (el total de habitantes era de 338,000 personas, aproximadamente).2 El año
pasado, en todo México, la cantidad de personas sin religión alcanzó el 10% del total.3 Y
en Aguascalientes, donde todavía vivo, llegó casi hasta el 5%.4 Habemos 57,920 personas5 sin religión en mi Estado, contra un total de habitantes de 1,425,607.6

Fuera de los números, en la vida cotidiana eso se traduce en una presencia constante de la
religión: a donde quiera que uno vaya se encuentra crucifijos, templos, imágenes de santos.
Pero por encima de todo, ojos que vigilan. Las festividades religiosas invaden
ininterrumpidamente el espacio público en un lado u otro de la ciudad con cuetes,
llamamientos a misa, procesiones, desfiles, kermeses, danzantes, peregrinaciones, rezos
colectivos, y un largo etcétera. En cambio, en mi Estado hay 66 bibliotecas públicas7
(fuera de las instituciones educativas), y 121 parroquias.8

A pesar de todo eso, yo nunca he sido religioso. En mi familia no frecuentábamos los
templos ni rezábamos antes de comer. Claro que a mi hermano y a mí nos habían bautizado
al año de nacidos, pero cuando mis padres nos preguntaron si queríamos participar en la
tradicional ceremonia de confirmación como miembros de la Iglesia Católica (te van a dar
un par de cachetadas, nos hicieron saber), no tuvimos que pensarlo mucho. Para ese
entonces ya nos habíamos rehusado a volver al catequismo (adoctrinamiento infantil que termina siendo una especie de escuelita improvisada) que la parroquia del lugar organizaba
con los vecinos. Asistimos solamente una vez, que yo recuerde, aunque más que recuerdos,
lo que tengo son impresiones muy vagas de lo que se nos decía ahí: ahora pienso que era
sobre el pecado original y el asunto del infierno. Nada de eso me causó impresión duradera
alguna, supongo que porque no se trataba de asuntos que pudiera relacionar con mi propia
vida, con mis intereses, con mis experiencias. En suma, nada de eso tenía sentido, así que el
prospecto de las bofetadas fue en realidad el último clavo sobre el ataúd.

Estoy seguro de que uno de los regalos más valiosos que pudieron hacernos nuestros padres
fue precisamente el que nos dieron a través de esa pregunta. En el mito bíblico del génesis,
Dios otorga a Eva y Adán la libertad mediante una prohibición o mandato («no comerás») y
una amenaza de castigo («morirás»). Pero a mi hermano y a mí nuestros padres nos dieron
el regalo de la libertad con una pregunta: ¿qué decides hacer? Y por eso nunca les estaré lo
suficientemente agradecido.

Por eso mismo recuerdo con una vívida extrañeza la ocasión en que aquella vecina piadosa
convenció a mi madre de que esos afiches de la banda de rock Iron Maiden, que tan
arduamente habíamos logrado coleccionar mi hermano y yo, eran satánicos, entrañaban un
serio peligro para nuestra salud mental y para nuestra decencia y, por ende, era preciso
entregarlos al fuego (¿por qué siempre el fuego, no era suficiente hacerlos trizas y
arrojarlos al bote de la basura?). Cuando volvimos a casa de la escuela, la pared en que los
habíamos colgado, sobre las cabeceras de nuestras camas, lucía desolada, y en el patio
trasero un hilo de humo salía de un montoncito de cenizas. Mi hermano y yo estábamos
indignados. Lo que había pasado no tenía para nosotros explicación alguna. Pero el suceso
me enseñó a ver en la religión una especie de licencia que las personas pueden usar para
saber mejor que tú lo que es mejor para ti, y además para llevarte por su buen camino,
incluso a pesar tuyo.

Por supuesto, no digo que todas las personas que se consideran religiosas usen esa licencia
todo el tiempo. No al menos conscientemente. Pero en una sociedad en la que la enorme mayoría puede disponer de ella, cuando es utilizada es muy difícil ver su utilización como
algo reprobable, al contrario, puede parecer incluso que se trata de un derecho: quienes
cierran las calles para celebrar una misa o reunir a los niños de la colonia para el
catequismo, o tronando cuetes en una zona residencial, o amonestando la conducta
inapropiada de otros en la calle, o bloqueando la entrada a un museo en el que se expone
una obra indecente, o exigiendo que se promulguen leyes prohibiendo el aborto, etcétera,
piensan estar ejerciendo un derecho. La libertad, eso es lo que se les ha enseñado, es sólo la
libertad de obedecer o desobedecer.

____

In 1974, when I was born, a little more than 2% of Mexicans declared that they were not
Catholic or had no religion. In Aguascalientes, the city where I was born, less than 1% of
the population did so1 (the total population was approximately 338,000 people).2 Last
year, in all the country, the number of people with no religion reached 10%.3 And in
Aguascalientes, where I still live, it reached almost 5%.4 There are 57,920 people5
without religion in my state, against a total of 1,184,996.6

Apart from the numbers, in daily life this translates into a constant presence of religion:
wherever you go you find crucifixes, temples, images of saints. Religious festivities invade
uninterruptedly the public space on one side or another of the city with pyrotechnics, calls
to mass, processions, parades, kermesses, dancers, pilgrimages, collective prayers, and a
long etcetera. By contrast, in my state, there are 66 public libraries7 (outside educational
institutions), and 121 parishes.8

Despite all that, I have never been religious. In my family, we didn’t frequent temples or
pray before meals. Of course, my brother and I were baptized a year after we were born, but
when my parents asked us if we wanted to participate in the traditional confirmation
ceremony as members of the Catholic Church (you’ll get a couple of slaps in the face, they
let us know), we didn’t have to think about it too much. By that time, we had already
refused to go back to the catechism (children’s indoctrination that ends up being a kind of
improvised school) that the local parish organized with the neighbors. We attended only
once, as far as I remember, although more than memories, what I have are very vague
impressions of what we were told there: now I think it was about original sin and the issue
of hell. None of that made any lasting impression on me, I suppose because they were not matters that I could relate to my own life, to my own interests, to my own experiences. In short, none of it made any sense, so the prospect of slapstick was really the final nail in the coffin.

I am sure that one of the most valuable gifts our parents could have given us was precisely
the one they gave us through that question. In the biblical Genesis myth, God gives Eve and
Adam freedom through a prohibition or command (“thou shalt not eat”) and a threat of
punishment (“thou shalt surely die”). But my brother and I were given the gift of liberty by
our parents with a question: what do you choose to do? And for that, I will never be grateful
enough.

That is why I remember with vivid strangeness the time when that pious neighbor
convinced my mother that those posters of the rock band Iron Maiden, which my brother
and I had managed to collect so arduously, were satanic, posed a serious danger to our
mental health and decency and, therefore, had to be handed over to the fire (and, why
always the fire, wasn’t it enough to shred them and throw them in the trash?). When we
returned home from school, the wall on which we had hung them over the headboards of
our beds looked desolate, and in the backyard, a wisp of smoke was rising from a pile of
ashes. My brother and I were outraged. There was no explanation for what had happened.
But the event taught me to see in religion a kind of license that people can use to know
better than you what is best for you and use it also to lead you in the right direction, even in
spite of you.

Of course, I’m not saying that all people who consider themselves religious use that license
all the time. Not consciously at least. But in a society in which the vast majority can avail
themselves of it, when it is used, it is very difficult to see its use as something
reprehensible; on the contrary, it may even seem to be a right: those who close the streets to
celebrate a mass or gather the children of the neighborhood for catechism, or use
pyrotechnics in a residential area, or admonishing the inappropriate behavior of others in
the street, or blocking the entrance to a museum where an indecent work is exhibited*, or
demanding that laws be enacted prohibiting abortion, and so on, think they are exercising a
right. Liberty, that is what they have been taught, is the freedom only to obey or disobey.

  • The image associated with this post is from Michaelangelo’s Last Judgment, in which originally the figures were nude, but were covered up following a decree from the Council of Trent in 1563.

(1) Diaz Dominguez, Alejandro: The religiously unaffiliated in Mexico: a portrait. Online:
https://alejandrodiazd.wordpress.com/2014/02/18/the-religiously-unaffiliated-in-mexico-a-
portrait/
(2) Agenda estadística de los Estados Unidos Mexicanos 1974. Online:
https://www.inegi.org.mx/app/biblioteca/ficha.html?upc=702825140106
(3) Diaz Dominguez, Alejandro: ¿Qué nos dice el Censo 2020 sobre religión en México?,
Nexos, Febrero 1, 2021. Online: https://datos.nexos.com.mx/que-nos-dice-el-censo-2020-
sobre-religion-en-mexico/
(4) Diaz Dominguez, Alejandro: The religiously unaffiliated in Mexico: a portrait.
(5) Instituto Nacional de Geografía e Informática:
https://www.inegi.org.mx/app/tabulados/interactivos/?pxq=Religion_Religion_03_c593726b-
18ee-426d-b361-597436ef0127
(6) Instituto Nacional de Geografía e Informática:
https://www.inegi.org.mx/app/tabulados/interactivos/?pxq=Poblacion_Poblacion_01_e60cd8
cf-927f-4b94-823e-972457a12d4b
(7) Según datos de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la República:
https://sic.cultura.gob.mx/lista.php?table=biblioteca&estado_id=1&municipio_id=-1
(8) Observatorio Diocesano de Aguascalientes: https://obseags.org.mx/datos?page=1

Share This Post

Jorge Alfonso Chávez Gallo is a native of the city of Aguascalientes, Mexico. One day he read Borges and knew he had to study philosophy; he also read Descartes and understood that, as long as he remained in this world, he had to do literature. Now he is a full-time professor in the Department of Philosophy at the Universidad Autónoma de Aguascalientes, he has seven dogs and the mania for writing does not go away. ___ Jorge Alfonso Chávez Gallo es oriundo de la ciudad de Aguascalientes, México. Un día leyó a Borges y supo que tenía que estudiar filosofía; leyó también a Descartes y entendió que, mientras siguiera en este mundo, tenía que hacer literatura. Ahora es profesor de tiempo completo en el Departamento de filosofía de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, tiene siete perros y la manía de escribir no se le quita. ___ Jorge's writings: https://scholar.google.es/citations?user=Cg16R-AAAAAJ&hl=es&oi=ao https://editorial.uaa.mx/catalogo.html